domingo, 8 de enero de 2012


Educar, instruir y el síndrome Saramago


Mariano Fernández Enguita. Catedrático y director del Departamento de Sociología y Comunicación en la Universidad de Salamanca.
Hace dos años compartí con José Saramago un ciclo de conferencias en São Paulo. El suyo fue un discurso emotivo que abrió así: “Yo fui educado por unos padres que eran analfabetos.” Quería el Nóbel subrayar que también pueden y deben educar aquellos que no sabrían instruir. Hace unos días declaraba, en un contexto similar en Buenos Aires: “La escuela puede instruir a sus alumnos pero no puede educarlos, porque no tiene medios ni es su finalidad.” “Los maestros instruyen, pero no educan porque no pueden, no saben y no tienen medios para hacerlo —había dicho días antes en Madrid—. La responsabilidad de educar recae en las familias, aunque éstas también se encuentran en crisis.”
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Lo que hagan nuestras escuelas no será culpa de Saramago, pero su pesimismo no 
es arbitrario sino sintomático. ¿De dónde saca que la escuela no puede ni debe educar? Ni es
la interpretación al uso, ni creo que sea su propia experiencia. Tal vez del nihilismo 
rampante de tantos profesores que no quieren ser trabajadores sociales, pues hay un 
círculo vicioso (lo conozco) por el que expertos e intelectuales reciben como único 
feedback de su público el inacabable lamento por la imposible situación, sobre todo si 
su contacto se limita a los grandes actos de autoafirmación. El discurso del profesorado 
es muy poderoso: el barómetro de julio del CIS pedía a la población que valorase la labor
 de los profesores de sus hijos: el 63,9% decía que bien o muy bien; pero, preguntados 
sobre cómo lo hacía la sociedad, la cifra descendía al 33,5%. ¿Cómo es que la opinión 
pública piensa una cosa pero cree pensar otra? Porque la ha convencido de ello el
 discurso victimista del profesorado sobre su falta de reconocimiento. Un barrido
 elemental de las cartas al director en El País de 2004 arroja 988 sobre la educación 
y 576 sobre la sanidad, aunque la segunda afecta a toda la población y la primera sólo 
a una parte (y el sentido común dice que la salud es lo primero). No creo que los pacientes 
estén más ni menos contentos que los padres de alumnos: sencillamente, los médicos 
no escriben a la prensa, pero los profesores no paran de hacerlo.
Con cierta incoherencia, a la vez que proclamaba que la escuela no educa, Saramago
calificaba colectivamente de héroes a los docentes. Hay héroes, que duda cabe, pero
 también villanos, y una mayoría que no es ni lo uno ni lo otro. La paradoja —no sólo 
de Saramago— es que nada asegura el aplauso de una profesión corporativista como 
dirigirse a todos como héroes, pero con el mensaje de los villanos. La profesión, es 
cierto, tiende a dejar de educar para limitarse a instruir, pero eso no es un hecho a 
constatar, sino el problema a resolver. Los educadores —¿o hay que decir ya instructores?
— tienen que elegir entre ser parte del problema o ser parte de la solución, porque 
aquí no cabe abstenerse para ser parte del paisaje.

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